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viernes, 2 de agosto de 2013

La sangre de los jötnar

La tormenta azotaba con furia renovada pero Osiv conocía el camino a la mina como la palma de su mano. La ira de su mirada parecía capaz de fundir la nieve que caía sobre el terreno, la determinación en sus ojos pareció satisfacer a Mjödvitnir.

La marcha cesó pronto y con ella el silencio que la acompañaba. Al llegar a la entrada de las cuevas que diesen origen a la mina en su momento, el hechicero se detuvo y comenzó, empleando un ajado cuchillo, a grabar runas en la roca desnuda con una precisión que se diría que estuviese trinchando un cordero bien asado. No era un hombre especialmente corpulento, pero era obvio que guardaba secretos más peligrosos que su extraña fuerza.

-Ningún gigante de hielo podrá atravesar este umbral. ¿Esta es la única entrada? -preguntó el hechicero cuando hubo acabado.

-No. -respondió el guerrero- Hay otras tres que yo sepa y seguramente existan caminos que ni yo mismo haya visto. 

-Esta será la única salida. No temas los temblores, Loki no es el único que sabe causar terremotos. Ahí tienes tu luz. -dijo mientras con un suave susurro conjuraba una llama azulada que comenzó a flotar frente a Osiv- Ahora ve. Te daré alcance, no me gustaría perderme la matanza.

Osiv miró con cierta aprensión al thulr, pero tenía preocupaciones mucho mayores que el morir sepultado. Si el mago hubiese querido matarle podría haberlo hecho fácilmente, lo sabía, pero eso sólo le tranquilizaba levemente. Disipó su inquietud asiendo con firmeza el hacha y se internó en las profundidades dejando atrás el duro azote del temporal.

Nunca había sido un gran rastreador, pero esta vez su odio le sirvió de brújula. El lento palpitar de los corazones de los gigantes resonaba en su cabeza con un timbre ensordecedor imposible de silenciar... salvo de un modo.

No tardó en encontrar la primera de las cavernas que habían elegido para morar. Era espaciosa y ya había sido la tumba de otros de su raza. Había cinco crías, un par de hembras y lo que parecía un gigante enfermo.  Osiv blandió su hacha y los mató sin mediar palabra pues semejantes alimañas no merecían un combate justo y la vejez había disipado de su mente los estúpidos ideales de juventud sobre duelos épicos. A los hombres se les reta, a las bestias se las mata. El último de los colosos se resistió al primer hachazo, pero al segundo encontró el camino a los infiernos, no sin antes rugir un estertor que sonó como música en los oídos del matagigantes.

Poco más había avanzado cuando el suelo comenzó a temblar. El terremoto que anunciase Mjödvitnir había empezado a sacudir la montaña con fiereza, pero tras un breve instante en el que pareció que la cueva fuese a colapsar por completo, la quietud volvió a reinar. El ruido de los cascotes al caer habría llegado con toda certeza hasta la aldea, por lo que no cabía duda que los jötnar restantes estarían alerta sobre su llegada. Debería haberse sentido más nervioso, pero lo cierto es que el saber que no podrían escapar del lugar sin luchar contra él le hizo encontrarse en paz. Era ineludible.

-¡Soy Osiv! -gritó- ¡Vosotros violasteis y matasteis a mi mujer! ¡Sabed que hoy hallareis la muerte! ¡No hay escapatoria! ¡Venid al encuentro de mi hacha si es que no teméis a un anciano! -su voz retumbó hasta llegar al corazón de la montaña. 

-Tu mujer fue afortunada de que la honrásemos con nuestra visita. -se escuchó desde uno de los pasillos. 

Osiv siguió el eco de las risas que acompañaron a semejante afrenta hasta llegar a una pequeña sala circular donde se hallaban dos imponentes gigantes. Jamás olvidaría sus rostros. Eran ellos, pero faltaba el más grande de los tres que asaltasen su hogar aquella aciaga noche. 

-Deberíais llamar a vuestro líder, para que pueda deleitarse viendo como sois mutilados por un lisiado. Os diría que llamaseis a toda vuestra tribu, pero mucho me temo que tienen el sueño muy profundo.

-¡Maldita escoria! -clamó uno de ellos mientras el otro aún parecía intentar asimilar lo que acababa de oír- ¡Ni Thor mismo podría salvarte de lo que se avecina! ¡Lo que le hicimos a tu mujer se te antojará un paraíso comparado con lo que te haremos a ti!

La rabia cegó el juicio del jötunn que descargó un golpe descuidado. Hacía mucho tiempo que Osiv había perdido su juventud, pero conservaba su habilidad y, con las fuerzas renovadas gracias al conjuro de Mjödvitnir, asestó un tajo que cercenó limpiamente el brazo de su descuidado atacante. Antes de que pudiese rematar al herido, el otro gigante embistió con presteza descargando sobre el humano una lluvia de golpes que presagiaba lo duro de la batalla que aguardaba.

Mientras los guerreros se medían, en otra sala no muy lejos del lugar el lider de los jötnar se encontraba una visita inesperada.

-¿Quién osa atacar a Yrg y su clan en su propio hogar? -dijo el gigante dirigiéndose hacia la luz que se acercaba por uno de los corredores.

-Un gran peligro se cierne sobre tu raza, gigante. Si no vences hoy los tuyos sufrirán hasta el fin de los tiempos por tu debilidad. -respondió la silueta que se acercaba cada vez más con pausado ritmo.

-¿De qué hablas humano? No temo a ningún mortal.

-Pero has temido cuando has oído los gritos y los temblores. Más temerás cuando te cuente a que te has de enfrentar, pero no te ayudaré por caridad. Dime, ¿qué hace tu gente en esta cueva? -replicó nuevamente la silueta que se aproximaba, sin dejarse intimidar.

-No te debo ninguna respuesta, te destrozaré y después iré a por tu amigo. No suponéis una amenaza para mí. -sentenció mientras introducia su descomunal mano en un saco que pendía de su cintura. Comenzó a dibujar runas sobre su brazo izquierdo y cuando acabó lanzó su hechizo con fuerza contra el humano.

Un crepitante rayo surgió de las yemas de los dedos de Yrg e impactó en el pecho del intruso, iluminando fugazmente el rostro de Mjödvitnir un instante antes de disiparse.

-Tu... ¿qué eres?-balbuceó el jötunn.

-El hombre al que ha venido conmigo ha hecho un pacto con el soberano de los muertos. Si se cobra su venganza y os mata, él le dejará caminar junto a los vivos este día, año tras año hasta que llegue el Ragnarök. Diezmará a tu gente. -hizo una breve pausa.- Responde a mi pregunta y te diré cómo puedes detenerle: ¿qué hace tu clan aquí?

-En estas cuevas hubo una batalla hace siglos. Había un hombre que blandía un martillo mágico forjado por enanos, con el podia hundir montañas y quebrar ciudades. Cuando se vio superado por nuestra destreza quebró la montaña sobre sí enterrando a ambos bandos. Frente a un arma así incluso los aesir temblarían.

-Falta te haría haberla encontrado. Pero he de cumplir mi parte del trato, pues estoy atado a mi palabra. El hombre al que te enfrentas es Osiv, aquel al que torturasteis y humillasteis, que ha venido para dar reposo al recuerdo de su mujer con vuestra sangre. Para detenerle simplemente has de luchar mejor que él.

Acompañando a la sentencia del hechicero y casi como un presagio aciago apareció Osiv en la sala cubierto por completo de sangre y con una profunda herida en el hombro de la que no parecía percatarse. Únicamente parecía percibir al gigante hacia el que se aproximaba cojeando con una sonrisa implacable en el rostro.

-¡Has traicionado tu promesa thulr! ¿Cómo se supone que eso va a serme de utilidad? -gruñó el gigante sintiéndose engañado.

-Nunca te dije que fuese a ayudarte o serte útil, te dije que te diría cómo puedes detenerle y lo he hecho. En verdad eres un estúpido Yrg. Estás condenado.

Enfurecido por el agravio comenzó a conjurar runas para fulminar al mortal, pero los rayos que impactaron sobre el guerrero siguieron el mismo destino que aquellos que cayeron sobre el mago. Osiv aprovechó el tiempo que malgastó el gigante para cargar contra este antes de que pudiese echar mano siquiera a un arma y hundió su hacha con tal fuerza que llegó del cuello a la cintura partiendo al jötunn prácticamente en dos.

El mundo pareció caer de golpe nuevamente sobre el anciano hombre al ver cumplida su venganza. Tras un largo tiempo contemplando el maltrecho cadaver del que otrora fuese su némesis volvió en sí y se aproximó a cortar su descomunal cabeza.

-Vas a morir Osiv, tus heridas son letales. -afirmó Mjödvitnir al ver a su siervo andar, con la cabeza de Yrg a rastras, de vuelta hacia la salida de la caverna. -Has cumplido tu venganza ¿a dónde necesitas ir?

Pero el hombre no respondió. Caminó renqueante siguiendo el rastro de sangre que había creado, se diría que había algo agridulce en aquella victoria para él, pero su resolución permanecía firme. No salió palabra de su boca hasta que alcanzó la salida de la mina. Una vez allí clavó el hacha en la tierra junto la entrada y colocó sobre ella su sangriento trofeo. Se sentó a su lado y comenzó a respirar con dificultad.

Los jadeos de Osiv se vieron pronto ocultos por el ruido de cascos acercándose. Sobre un caballo imponente se acercaba una mujer en deslumbrante armadura. Conforme se aproximaba descubrió su cara y miró al duo con desprecio.

-Llegas tarde Skuld. -saludó Mjödvitnir.- Aquí no hallarás ningún esclavo para tu señor.

-¿Cómo te has dejado engañar de semejante modo? -replicó la valquiria- ¿Esta niñería vale más que tu alma inmortal? ¿Más que los dioses que te lo dieron todo?

-Recuerdo cuando conocí a Helga. -respondió entre estertores Osiv- No eramos más que unos críos, la ví recogiendo agua del río. Me quedé embobado mirándola, nunca había visto a una chica con unos ojos tan bonitos... Ella siempre fue mi alegría, mi esperanza... Recuerdo su sonrisa, tan brillante como el primer día. -tosió fuertemente y continuó- Deberíais envidiarme. A pesar de todo el dolor consigo recordar su sonrisa...

martes, 16 de abril de 2013

La decisión de Osiv


El viejo, más perdido en sus pensamientos que su nuevo compañero de mesa, tardó en reparar en la inquisitiva presencia, mas cuando lo hizo dejó patente que todavía le restaba el ánimo guerrero que otrora causase temor en el corazón de los gigantes.

–Creo que te conozco viajero. –dijo, dejando salir un fétido aliento que revelaba que hacía demasiado que el alcohol era su único alimento. Su mirada era fría y a pesar de la borrachera su ánimo resultaba resuelto.

–Muchos son los que han dicho eso. –afirmó su interlocutor sin dejarse impresionar.

–Responde sin rodeos ¿eres Odín? –cuestionó balbuceante.

–Algunos me han llamado así. –respondió risueño el forastero.

–Eso es un rodeo, el alcohol no me ha privado del don de lo evidente, rata artera. He sido prevenido sobre tí.–increpó dejando de un lado todo intento por contener su furia y su desprecio– Es evidente la marca de su castigo. ¡Eres Mjödvitnir!

–En efecto, ese es mi nombre. –contestó sin dejarse ofender– Francamente no muchos son capaces de reconocerme y eres el primero que lo consigue en semejante estado. Si sabes quién soy, tal vez sepas con qué propósito he venido.

–Con alguno de tus oscuros engaños sin duda. Márchate, ¡no quiero saber nada de tí ni de tus sucias artimañas!

–Puede que así sea, pero hay algo que anhelas más que eso. Algo por lo que estarías dispuesto a pagar el duro precio que te voy a exigir. Esa es la razón por la que estoy aquí.

–Más mentiras, más engaños y más servidumbre…Soy un viejo y me ha llevado toda una vida darme cuenta, pero créeme que he aprendido la lección. No seré tu esclavo thulr. Vuelve a donde quieras que hayas venido y déjame pensar que todo esto fue una pesadilla causada por el hidromiel…

–Bien sabes que no puedo mentir. Quiero tu servidumbre, es cierto, pero yo no soy como ellos. –se detuvo y le miró a los ojos.–Ellos te exigieron lealtad, y durante más de cincuenta inviernos fuiste a batallar sólo contra los gigantes de hielo, los enemigos de los Aesir, sin la ayuda de los mismos. Pediste a Thor que su fuerza guiase tu martillo, pero la verdad es que al final de su mango únicamente se encontraba tu brazo: sólo, férreo, implacable. Pediste año tras año a Freya que recompensase tu fiereza otorgándole a tu mujer la fertilidad que le correspondía por derecho para tener hijos fuertes que pudiesen honrar con su labor a los dioses. Y nuevamente tus justas peticiones fueron desatendidas. Pero lo soportaste porque eres un hombre fiel. Eso es algo que respeto.

Osiv soltó la jarra que tan fieramente asiese anteriormente y agacho la cabeza. Su cano pelo cayó cubriéndole la cara para ayudarle a soportar la verdad que tan largo tiempo había estado negando. El hechicero había traicionado a dioses, cierto, pero eso no restaba verdad a sus palabras.

–Te olvidaron Osiv Ungrimson, te olvidaron y fue terrible. Pero lo que es imperdonable es lo que consintieron que le ocurriese a tu mujer. ¡Frente a ti! ¿Dónde estaban entonces los poderosos Aesir? ¿Dónde se encontraban los piadosos Vanes? ¿Qué hacían cuando consintieron que los gigantes entrasen en la ciudad entre las brumas? ¿A que atendían cuando irrumpieron en la casa de un leal anciano y su devota esposa?

–¡No pude hacer nada! ¡Estaba durmiendo cuando nos asaltaron! ¡Me ataron y me obligaron a mirar! ¡Me obligaron a mirar! –gritó entre sollozos, despreocupado ya por la atención de la taberna.

–¡¿Dónde estaban los dioses cuando los jötnar violaron a tu mujer hasta la muerte?! ¡¿Dónde cuando te dejaron lisiado, inútil y vivo?! Sobretodo vivo. Vivo para suplicar a Thor que te devolviese el vigor, vivo para desesperar por la oportunidad de poder hacer justicia. Y aún después de todo... ¡¿Por qué te negaron tu venganza?! –gritó el thulr con una fuerza tal que enmudeció la tormenta.

Se hizo el silencio mientras el local se vaciaba rápidamente. Es lógico que Osiv permaneciese impertérrito, pues no tenía nada que perder, pero que Ben no se marchase es algo difícilmente comprensible. Tal vez le paralizase el miedo, tal vez la curiosidad o tal vez sabía que debía ser testigo de la extraña piedad de Mjödvitnir. Permanecío inmóvil contemplando la escena mientras el viajero continuaba su temible discurso.

–Aún hay fuerza en tu espíritu, a pesar de todo ni los gigantes ni los dioses han podido quitarte eso. Quiero tu fuerza. Te ayudaré en tu lucha, te concederé los medios para que la venganza sea tuya y sólo tuya. Te dejaré ver a tu mujer una última vez. Después de eso entrarás a mi servicio incondicional por toda la eternidad.

–¿Ser tu esclavo? –la duda asomó a su voz. Duda que el mago acudió presto a disipar.

–Has servido a otros. Te probaré mi buena fe esta noche. Si no eres capaz de cumplir tu venganza no me servirás de nada, así que simplemente te dejaré vagar por el mundo de los muertos como buenamente te corresponda. Si te arrepientes en cualquier momento simplemente dilo y seré yo mismo el que arrase a los gigantes. Tu mujer quedará vengada y tu podrás volver al calor de la taberna. –arrojó Mjödvitnir su envenenado anzuelo.

–Nadie me quitará mi venganza Mjödvitnir. Haz lo que tengas que hacer. –sentenció Osiv y tendió su mano para sellar el trato.

Antes de que llegase siquiera a parpadear, el thulr desenfundó con su siniestra un fino y afilado cuchillo con el que cortó la palma del guerrero y la suya propia. La sangre comenzó a manar profusamente sobre la mesa. Tiño de rojo su diestra y, desgarrando la vestimenta del viejo, comenzó a surcar su pecho de runas mientras recitaba ensalmos ininteligibles. Cuando hubo acabado, estas comenzaron a iluminarse y arder, moviendose con vida propia por todo el ajado cuerpo.

El olor a carne quemada y el grito del anciano sacaron de su trance a Ben que, tras tomar su hacha, avanzó hacia el forastero mientras su amigo convulsionaba en el suelo retorciéndose del dolor. Alzó el arma y cuando estaba a punto de descargar todo su peso sobre Mjödvitnir este se giró impasible.

–Respeta la voluntad de un hombre libre. –no empleó el Sejdr ni el Galdr, pero su potencial agresor cambió de parecer.

–No me gustas forastero, pero no seré yo quien le niege su voluntad. –dijo mientras le tendía su hacha.– Todos sabrán de la infamia que acabas de cometer aquí hoy.

–Puedo soportar tu odio. –dijo mientras se dibujaba en su boca una mueca que recordaba vagamente a una sonrisa. Recogió el hacha y se la tendió a Osiv.

Este se hallaba en el suelo pero su figura distaba mucho de la que encarnaba hacía un momento. Los espasmos habían pasado y se hallaba en el suelo con la tranquilidad suficiente para permitir a los presentes contemplar su cuerpo levemente. Aunque conservaba sus cicatrices, la atrofia de sus brazos y la curvatura de su espalda habían desaparecido. Aferró el hacha con tanta fueza que sus nudillos se volvieron un cálido homenaje a la tormenta que azotaba la aldea y, apoyando el arma en el suelo, se puso en pie con determinación. Miró un instante a Ben e hizo un ligero gesto con la cabeza.

–Suerte buen amigo. Espero que encuentres lo que buscas. –respondió este mientras el guerrero dejaba atrás su manto y el calor de la taberna para recibir el abrazo de la tempestad.

Mientras contemplaba desde el umbral la marcha del temible duo, el tabernero no podía apartar de su mente las palabras del hombre que acababa de conocer. ¿Por qué habrían olvidado los dioses a Osiv?

lunes, 8 de abril de 2013

Tormenta en Gleipsvidr




La gélida noche no tenía intención de conceder clemencia, pero el viajero no tenía intención de pedirla. Sus peregrinajes siempre habían sido duros pero él sabía que las dificultades del camino son las que hacen fuerte a un hombre. 

Tras tres jornadas de viaje no iba a consentir que una tormenta de nieve retrasase su avance. Podría haber disipado las nubes sin mayor dificultad, pues su dominio de las artes mágicas iba mucho más allá de algo tan mundano, pero habría sido una insensatez arriesgarse a llamar la atención de los dioses practicando el Sejdr, puesto que los cuervos de Odin descansaban poco y siempre podrían hallarse al acecho. No era un imprudente ni un pusilánime y la sonrisa de la escarcha al precipitarse contra las oscuras ramas de los árboles le resultaba molesta, sí, pero entretenida. Hacía tiempo que no se concedía el capricho de viajar por el mundo de los mortales, si bien es cierto que la belleza de Midgard era de lo poco que aún conseguía conmover su corazón, y decidió aprovechar este breve remanso de paz en la tempestad que venía. Rió para sí al comparar la suave caricia de los huracanados vientos presentes en contraste con la letal fiereza de aquellos que habrían de desatarse. Engañoso es el humor de un thulr y ¿cuánto más temible no ha de ser el del más poderoso de todos los magos del norte?

El peregrino, sumido en sus cavilaciones, descendió la abrupta senda que bajaba de la montaña y llegó a las desatendidas puertas de la ciudad. Gleipsvidr era una pequeña urbe en la linde de un denso bosque de fresnos cuya modesta riqueza se debía en gran parte a la habilidad de sus artesanos madereros y en menor medida a las minas de hierro que descansaban en muchas de las cuevas que salpicaban las montañas. Poco tiempo atrás la situación era la opuesta, pero hacía unos meses que los gigantes decidieron recuperar a hielo y sangre las que antaño fuesen sus tierras. El caminante había acudido a la ciudad precisamente por este motivo, pero si bien era venganza lo que buscaba, esta no se hallaba en su corazón, si no en el de otro hombre. Sabría encontrarle, las runas le habían revelado su paradero esta noche, así que no se sorprendió cuando se contempló entrando en una taberna.

–Deberías continuar tan pronto como puedas tu camino, forastero. –dijo el tabernero al ver al hombre entrar– No llegas en un buen momento y sólo un insensato se quedaría aquí pudiendo estar en otro lugar.

El viajero se descubrió retirando las ajadas pieles que cubrían sus rasgos. Su curtida cara era difícilmente olvidable, la mezcolanza de arrugas y cicatrices hablaban de batallas fieramente libradas. Pero había un detalle que aún le seguía delatando ante la percepción de aquellos suficientemente sabios: su ojo derecho había abandonado su rostro largo tiempo ha.

–Confio en que tengáis hidromiel caliente para un viajero. –sentenció el recién llegado mientras inspeccionaba el local minuciosamente con su único ojo. No tardó en hallar lo que buscaba.

–Eh… sí, claro, por supuesto… Gleipsvidr siempre se ha caracterizado por su hospitalidad. –dijo el camarero con gran nerviosismo.

Hasta el más necio sabía que Odín, el dios tuerto, gustaba de disfrazarse y que su cólera ante aquellos que no respetaban a las tradiciones ni a los dioses era implacable. El caminante sonrió, no era la primera vez que le confundían con el dios, ni sería la última. Y no sería la primera ni la última vez que hacía que tamaño error redundase en su beneficio. Se acercó a una de las mesas vacías próxima al hogar que bañaba con su calor la estancia y se sentó tras quitarse las gruesas pieles que se hallaban empapadas tras el viaje.

–Pareceis muy cansado, a esta invita la casa. –añadió el tabernero mientras dejaba una mugrienta jarra metálica llena de un hidromiel de cuestionable calidad sobre la mesa.- Soy Ben y mi casa es vuestra casa. Eh… Poneos cómodo.

–Te lo agradezco, Ben. –le respondió y tomó asiento cerca del hogar– Tal vez puedas ayudarme, ¿qué puedes decirme de ese hombre? –cuestionó mientras señalaba entre la exigua audiencia a un hombre de avanzada edad cuya barba se hallaba cubierta a partes iguales por las canas y la bebida que no parecía ser capaz de llevarse a la boca.

–¿Ese? Ese pobre diablo es Osiv Ungrimson. La gente le da de lado porque dicen que los dioses le han abandonado y que la furia de los gigantes de hielo caerá sobre él. Le evitan porque se ha vuelto un borracho, pero no le puedo culpar, después de lo que le pasó a su mujer…

–Tu no le evitas, de hecho me aventuraría a decir que parece agradarte su compañía.

–¡Por supuesto que no le evito! –dijo el hombre enervado- Puede que no sea el más valiente de los hombres pero no olvido jamás un favor y precisamente ese hombre fue quien detuvo a los jötnar año tras año. Él fue el único que tomó la resolución de salir a enfrentarlos. Cuando el frío sobrenatural presagiaba su llegada el cogía su viejo martillo y se adentraba en las montañas. Nunca presumió de ello, simplemente salía con el alba de frente y volvía con la luna a la espalda, pero todos los mineros sabían lo que había hecho allí y le respetaban por ello. –hizo una breve pausa que le sirvió para tranquilizarse ligeramente- Mi difunto padre una vez me contó que en un invierno inusualmente frío perdió a varios compañeros que trabajaban en la mina con él de manera muy extraña. Nunca se encontraron sus cuerpos, ¿sabe? –no esperó respuesta para continuar con su relato.- Cuando llegó Osiv a la mina todos los demás salieron, siempre lo hacía así, y mi padre tenía sus recelos pero le dejó hacer y se marchó a casa como todos. Por la noche le vieron llegar al pueblo cansado y con el martillo cubierto de sangre. Al día siguiente mi padre encontró un bulto extraño en una falla. Le pico la curiosidad y decidió bajar a examinarlo y allí mismo se encontró el enorme cadáver de un jötunn con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. No se lo contó a nadie, pero desde entonces empezó a verle con otros ojos.

–¿Te dijo alguna vez porque no le contó a nadie lo que vio? –interrogó con curiosidad el forastero.

–Él le dijo que no se lo aconsejaba. –murmuró quedamente mientras señalaba con la cabeza la mesa en la que estaba el anciano matagigantes.- Le dijo que lo sabrían y seguramente buscasen cobrarse venganza. No sé más que eso, nunca le he preguntado, es un hombre reservado.

–¿Y cómo permiten sus hijos que su padre se descuide de este modo?

–No tiene hijos. Su mujer, que Freya guarde en su regazo, era yerma.

–¿Cómo osais mentar en semejante frase a la diosa de la fertilidad? –dijo el viajero con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su enojo.

–Disculpad mi osadía, no pretendía ofenderos caminante. Solo deseo firmemente que la diosa del hogar vele ahora por ella. Era una buena mujer, no se merecía lo que le pasó.

–Y sin embargo me has ofendido. Marcha a atender tus quehaceres que yo iré a ocuparme de los mios. –dijo el recién llegado. Apuró de un largo trago la jarra y se alejó del tibio fuego que alumbraba tintineante la estancia.

Se encaminó a la mesa en la que bebía el hombre cuyas hazañas acababa de escuchar. Tomó asiento sin esperar invitación y le escudriño detenidamente. A pesar de sus agarrotados músculos y sus lisiados brazos estaba claro que en su juventud fue fuerte como un uro. Su planta imponente se veía ensombrecida por lo encorvado de su espalda y el furor que otrora brillase en sus ojos estaba oculto por la gruesa capa que la melopea tendía sobre ellos y con la que pretendía ocultar algo más. Había tristeza en sus ojos, una tristeza terrible que el thulr bien conocía ya. No necesitaba más certeza que aquella para saber que el hombre aceptaría su duro acuerdo.

sábado, 16 de marzo de 2013

El temor de las nornas

"Sé de un fresno que se alza, se llama Yggdrasil, árbol alto, bañado de blanca humedad; de él baja el rocío que cae en los valles; se alza en la verde fuente de Urd.
De allí vienen doncellas de gran sabiduría,son tres, desde el mar que mana del árbol; Urd se llama una, Verdandi la otra, -en ramas graban letras-, Skuld es la tercera; las leyes hacían, elegían las vidas de todos los hombres, el futuro predicen."
                                                                                                            Völuspá, versos 19 y 20


-¡Escuchadme! ¡Presiento una gran amenaza!- dijo Skuld. La norna siempre había sido más apasionada que sus hermanas, no en vano era también una valquiria, pero su pálida tez y el temor en sus ojos consiguieron reclamar la atención de Urd.
-¿Que te inquieta esta vez? -replicó Verdandi- ¿Otro bostezo de Fenrir? 
Como hermana mediana carecía tanto de la prudencia de la anciana Urd como de la previsión de la joven Skuld, pero su peculiar humor siempre conseguía alegrar a todo aquel a quien se lo regalaba. No obstante su satírico comentario cayó en saco roto esta vez.
-No es un buen momento para bromas. -sentenció con severidad Urd.- Dinos que te atormenta en tanta medida. ¿Qué aciagos signos divisas entre las brumas del futuro? -Las arrugas le habían regalado sabiduría suficiente como para no desoír los consejos de sus hermanas.
Skuld detuvo su labor de tejedora de destinos y retiró cuidadosamente sus temblorosas manos del telar. Sin apartar la vista del cordel que acababa de colocar, entre aterrorizada y fascinada, se dirigió a sus hermanas entre susurros.
-El chico que acaba de nacer... Los caminos que se abren ante él... Podría llegar a destruir los nueve mundos.- afirmó la joven. Las valquirias eran conocidas por su coraje, pero ante semejante perspectiva sólo el propio Tyr habría sido capaz de conservar la compostura. -Debemos encontrarle, ¡hay que intervenir mientras podamos!
-¡Nosotras no intervenimos! ¡Nadie puede alterar el destino! ¡Todo el mundo debería saber eso y tu más que todos ellos juntos! ¿Has perdido la razón? -exclamó colérica Urd ante semejante atrocidad.
-No sé qué pensar... no puedo ver nada... -dijo Verdandi sintiendo por primera vez el miedo que ya atenazaba el corazón de las otras nornas. -Jamás un mortal había sido capaz de esconderse de mí, pero cuando miro su hilo no puedo ver absolutamente nada... no sé si Skuld tiene razón, pero ciertamente esto es peligroso... no... no es normal... -La alegría solía acompañar a su melodiosa voz se había esfumado por completo y se vio sustituida rápidamente por el miedo.
-Ese chico se merece nuestra atención sin duda, pero no podemos intervenir. Cumpla o no con el terrible destino que contemplas en él, nuestro deber no es velar por la supervivencia de los mundos. -afirmó con convicción Urd mientras retomaba la labor en el telar.- Nosotras tejemos el destino de las criaturas y el universo en sí, incluso si este destino incluye nuestra propia destrucción. -continuó con un fuerte temblor de manos causado en parte por la edad en parte por el temor- Tejeremos, pues es nuestra labor, y confiaremos en que otros sepan llevar a cabo la suya con igual abnegación.
Se produjo un largo silencio sólo profanado por la diestra aunque pausada labor de la norna en los tapices. Verdandi y Skuld se miraron durante un largo momento hasta que finalmente la valquiria se aventuró a preguntar:
-Urd, hermana... ¿qué ves cuando miras su cordel?
-Mjödvitnir. Le han llamado Mjödvitnir.