lunes, 8 de abril de 2013

Tormenta en Gleipsvidr




La gélida noche no tenía intención de conceder clemencia, pero el viajero no tenía intención de pedirla. Sus peregrinajes siempre habían sido duros pero él sabía que las dificultades del camino son las que hacen fuerte a un hombre. 

Tras tres jornadas de viaje no iba a consentir que una tormenta de nieve retrasase su avance. Podría haber disipado las nubes sin mayor dificultad, pues su dominio de las artes mágicas iba mucho más allá de algo tan mundano, pero habría sido una insensatez arriesgarse a llamar la atención de los dioses practicando el Sejdr, puesto que los cuervos de Odin descansaban poco y siempre podrían hallarse al acecho. No era un imprudente ni un pusilánime y la sonrisa de la escarcha al precipitarse contra las oscuras ramas de los árboles le resultaba molesta, sí, pero entretenida. Hacía tiempo que no se concedía el capricho de viajar por el mundo de los mortales, si bien es cierto que la belleza de Midgard era de lo poco que aún conseguía conmover su corazón, y decidió aprovechar este breve remanso de paz en la tempestad que venía. Rió para sí al comparar la suave caricia de los huracanados vientos presentes en contraste con la letal fiereza de aquellos que habrían de desatarse. Engañoso es el humor de un thulr y ¿cuánto más temible no ha de ser el del más poderoso de todos los magos del norte?

El peregrino, sumido en sus cavilaciones, descendió la abrupta senda que bajaba de la montaña y llegó a las desatendidas puertas de la ciudad. Gleipsvidr era una pequeña urbe en la linde de un denso bosque de fresnos cuya modesta riqueza se debía en gran parte a la habilidad de sus artesanos madereros y en menor medida a las minas de hierro que descansaban en muchas de las cuevas que salpicaban las montañas. Poco tiempo atrás la situación era la opuesta, pero hacía unos meses que los gigantes decidieron recuperar a hielo y sangre las que antaño fuesen sus tierras. El caminante había acudido a la ciudad precisamente por este motivo, pero si bien era venganza lo que buscaba, esta no se hallaba en su corazón, si no en el de otro hombre. Sabría encontrarle, las runas le habían revelado su paradero esta noche, así que no se sorprendió cuando se contempló entrando en una taberna.

–Deberías continuar tan pronto como puedas tu camino, forastero. –dijo el tabernero al ver al hombre entrar– No llegas en un buen momento y sólo un insensato se quedaría aquí pudiendo estar en otro lugar.

El viajero se descubrió retirando las ajadas pieles que cubrían sus rasgos. Su curtida cara era difícilmente olvidable, la mezcolanza de arrugas y cicatrices hablaban de batallas fieramente libradas. Pero había un detalle que aún le seguía delatando ante la percepción de aquellos suficientemente sabios: su ojo derecho había abandonado su rostro largo tiempo ha.

–Confio en que tengáis hidromiel caliente para un viajero. –sentenció el recién llegado mientras inspeccionaba el local minuciosamente con su único ojo. No tardó en hallar lo que buscaba.

–Eh… sí, claro, por supuesto… Gleipsvidr siempre se ha caracterizado por su hospitalidad. –dijo el camarero con gran nerviosismo.

Hasta el más necio sabía que Odín, el dios tuerto, gustaba de disfrazarse y que su cólera ante aquellos que no respetaban a las tradiciones ni a los dioses era implacable. El caminante sonrió, no era la primera vez que le confundían con el dios, ni sería la última. Y no sería la primera ni la última vez que hacía que tamaño error redundase en su beneficio. Se acercó a una de las mesas vacías próxima al hogar que bañaba con su calor la estancia y se sentó tras quitarse las gruesas pieles que se hallaban empapadas tras el viaje.

–Pareceis muy cansado, a esta invita la casa. –añadió el tabernero mientras dejaba una mugrienta jarra metálica llena de un hidromiel de cuestionable calidad sobre la mesa.- Soy Ben y mi casa es vuestra casa. Eh… Poneos cómodo.

–Te lo agradezco, Ben. –le respondió y tomó asiento cerca del hogar– Tal vez puedas ayudarme, ¿qué puedes decirme de ese hombre? –cuestionó mientras señalaba entre la exigua audiencia a un hombre de avanzada edad cuya barba se hallaba cubierta a partes iguales por las canas y la bebida que no parecía ser capaz de llevarse a la boca.

–¿Ese? Ese pobre diablo es Osiv Ungrimson. La gente le da de lado porque dicen que los dioses le han abandonado y que la furia de los gigantes de hielo caerá sobre él. Le evitan porque se ha vuelto un borracho, pero no le puedo culpar, después de lo que le pasó a su mujer…

–Tu no le evitas, de hecho me aventuraría a decir que parece agradarte su compañía.

–¡Por supuesto que no le evito! –dijo el hombre enervado- Puede que no sea el más valiente de los hombres pero no olvido jamás un favor y precisamente ese hombre fue quien detuvo a los jötnar año tras año. Él fue el único que tomó la resolución de salir a enfrentarlos. Cuando el frío sobrenatural presagiaba su llegada el cogía su viejo martillo y se adentraba en las montañas. Nunca presumió de ello, simplemente salía con el alba de frente y volvía con la luna a la espalda, pero todos los mineros sabían lo que había hecho allí y le respetaban por ello. –hizo una breve pausa que le sirvió para tranquilizarse ligeramente- Mi difunto padre una vez me contó que en un invierno inusualmente frío perdió a varios compañeros que trabajaban en la mina con él de manera muy extraña. Nunca se encontraron sus cuerpos, ¿sabe? –no esperó respuesta para continuar con su relato.- Cuando llegó Osiv a la mina todos los demás salieron, siempre lo hacía así, y mi padre tenía sus recelos pero le dejó hacer y se marchó a casa como todos. Por la noche le vieron llegar al pueblo cansado y con el martillo cubierto de sangre. Al día siguiente mi padre encontró un bulto extraño en una falla. Le pico la curiosidad y decidió bajar a examinarlo y allí mismo se encontró el enorme cadáver de un jötunn con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. No se lo contó a nadie, pero desde entonces empezó a verle con otros ojos.

–¿Te dijo alguna vez porque no le contó a nadie lo que vio? –interrogó con curiosidad el forastero.

–Él le dijo que no se lo aconsejaba. –murmuró quedamente mientras señalaba con la cabeza la mesa en la que estaba el anciano matagigantes.- Le dijo que lo sabrían y seguramente buscasen cobrarse venganza. No sé más que eso, nunca le he preguntado, es un hombre reservado.

–¿Y cómo permiten sus hijos que su padre se descuide de este modo?

–No tiene hijos. Su mujer, que Freya guarde en su regazo, era yerma.

–¿Cómo osais mentar en semejante frase a la diosa de la fertilidad? –dijo el viajero con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su enojo.

–Disculpad mi osadía, no pretendía ofenderos caminante. Solo deseo firmemente que la diosa del hogar vele ahora por ella. Era una buena mujer, no se merecía lo que le pasó.

–Y sin embargo me has ofendido. Marcha a atender tus quehaceres que yo iré a ocuparme de los mios. –dijo el recién llegado. Apuró de un largo trago la jarra y se alejó del tibio fuego que alumbraba tintineante la estancia.

Se encaminó a la mesa en la que bebía el hombre cuyas hazañas acababa de escuchar. Tomó asiento sin esperar invitación y le escudriño detenidamente. A pesar de sus agarrotados músculos y sus lisiados brazos estaba claro que en su juventud fue fuerte como un uro. Su planta imponente se veía ensombrecida por lo encorvado de su espalda y el furor que otrora brillase en sus ojos estaba oculto por la gruesa capa que la melopea tendía sobre ellos y con la que pretendía ocultar algo más. Había tristeza en sus ojos, una tristeza terrible que el thulr bien conocía ya. No necesitaba más certeza que aquella para saber que el hombre aceptaría su duro acuerdo.

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