La gélida noche no tenía
intención de conceder clemencia, pero el viajero no tenía intención de pedirla.
Sus peregrinajes siempre habían sido duros pero él sabía que las dificultades
del camino son las que hacen fuerte a un hombre.
Tras tres jornadas de viaje no iba a consentir
que una tormenta de nieve retrasase su avance. Podría haber disipado las nubes
sin mayor dificultad, pues su dominio de las artes mágicas iba mucho más allá
de algo tan mundano, pero habría sido una insensatez arriesgarse a llamar la
atención de los dioses practicando el Sejdr, puesto que los cuervos de Odin
descansaban poco y siempre podrían hallarse al acecho. No era un imprudente ni
un pusilánime y la sonrisa de la escarcha al precipitarse contra las oscuras
ramas de los árboles le resultaba molesta, sí, pero entretenida. Hacía tiempo
que no se concedía el capricho de viajar por el mundo de los mortales, si bien
es cierto que la belleza de Midgard era de lo poco que aún conseguía conmover
su corazón, y decidió aprovechar este breve remanso de paz en la tempestad que
venía. Rió para sí al comparar la suave caricia de los huracanados vientos
presentes en contraste con la letal fiereza de aquellos que habrían de
desatarse. Engañoso es el humor de un thulr y ¿cuánto más temible no ha de ser
el del más poderoso de todos los magos del norte?
El peregrino, sumido en sus cavilaciones,
descendió la abrupta senda que bajaba de la montaña y llegó a las desatendidas
puertas de la ciudad. Gleipsvidr era una pequeña urbe en la linde de un denso
bosque de fresnos cuya modesta riqueza se debía en gran parte a la habilidad de
sus artesanos madereros y en menor medida a las minas de hierro que descansaban
en muchas de las cuevas que salpicaban las montañas. Poco tiempo atrás la
situación era la opuesta, pero hacía unos meses que los gigantes decidieron
recuperar a hielo y sangre las que antaño fuesen sus tierras. El caminante
había acudido a la ciudad precisamente por este motivo, pero si bien era
venganza lo que buscaba, esta no se hallaba en su corazón, si no en el de otro
hombre. Sabría encontrarle, las runas le habían revelado su paradero esta
noche, así que no se sorprendió cuando se contempló entrando en una taberna.
–Deberías continuar tan pronto
como puedas tu camino, forastero. –dijo el tabernero al ver al hombre entrar–
No llegas en un buen momento y sólo un insensato se quedaría aquí pudiendo
estar en otro lugar.
El viajero se descubrió retirando
las ajadas pieles que cubrían sus rasgos. Su curtida cara era difícilmente
olvidable, la mezcolanza de arrugas y cicatrices hablaban de batallas
fieramente libradas. Pero había un detalle que aún le seguía delatando ante la
percepción de aquellos suficientemente sabios: su ojo derecho había abandonado
su rostro largo tiempo ha.
–Confio en que tengáis hidromiel
caliente para un viajero. –sentenció el recién llegado mientras inspeccionaba
el local minuciosamente con su único ojo. No tardó en hallar lo que buscaba.
–Eh… sí, claro, por supuesto…
Gleipsvidr siempre se ha caracterizado por su hospitalidad. –dijo el camarero
con gran nerviosismo.
Hasta el más necio sabía que
Odín, el dios tuerto, gustaba de disfrazarse y que su cólera ante aquellos que
no respetaban a las tradiciones ni a los dioses era implacable. El caminante
sonrió, no era la primera vez que le confundían con el dios, ni sería la
última. Y no sería la primera ni la última vez que hacía que tamaño error
redundase en su beneficio. Se acercó a una de las mesas vacías próxima al hogar
que bañaba con su calor la estancia y se sentó tras quitarse las gruesas pieles
que se hallaban empapadas tras el viaje.
–Pareceis muy cansado, a esta
invita la casa. –añadió el tabernero mientras dejaba una mugrienta jarra
metálica llena de un hidromiel de cuestionable calidad sobre la mesa.- Soy Ben
y mi casa es vuestra casa. Eh… Poneos cómodo.
–Te lo agradezco, Ben. –le
respondió y tomó asiento cerca del hogar– Tal vez puedas ayudarme, ¿qué puedes
decirme de ese hombre? –cuestionó mientras señalaba entre la exigua audiencia a
un hombre de avanzada edad cuya barba se hallaba cubierta a partes iguales por
las canas y la bebida que no parecía ser capaz de llevarse a la boca.
–¿Ese? Ese pobre diablo es Osiv
Ungrimson. La gente le da de lado porque dicen que los dioses le han abandonado
y que la furia de los gigantes de hielo caerá sobre él. Le evitan porque se ha
vuelto un borracho, pero no le puedo culpar, después de lo que le pasó a su
mujer…
–Tu no le evitas, de hecho me
aventuraría a decir que parece agradarte su compañía.
–¡Por supuesto que no le evito!
–dijo el hombre enervado- Puede que no sea el más valiente de los hombres pero
no olvido jamás un favor y precisamente ese hombre fue quien detuvo a los
jötnar año tras año. Él fue el único que tomó la resolución de salir a
enfrentarlos. Cuando el frío sobrenatural presagiaba su llegada el cogía su
viejo martillo y se adentraba en las montañas. Nunca presumió de ello,
simplemente salía con el alba de frente y volvía con la luna a la espalda, pero
todos los mineros sabían lo que había hecho allí y le respetaban por ello.
–hizo una breve pausa que le sirvió para tranquilizarse ligeramente- Mi difunto
padre una vez me contó que en un invierno inusualmente frío perdió a varios
compañeros que trabajaban en la mina con él de manera muy extraña. Nunca se
encontraron sus cuerpos, ¿sabe? –no esperó respuesta para continuar con su
relato.- Cuando llegó Osiv a la mina todos los demás salieron, siempre lo hacía
así, y mi padre tenía sus recelos pero le dejó hacer y se marchó a casa como
todos. Por la noche le vieron llegar al pueblo cansado y con el martillo
cubierto de sangre. Al día siguiente mi padre encontró un bulto extraño en una
falla. Le pico la curiosidad y decidió bajar a examinarlo y allí mismo se
encontró el enorme cadáver de un jötunn con el cráneo destrozado y varios
huesos rotos. No se lo contó a nadie, pero desde entonces empezó a verle con
otros ojos.
–¿Te dijo alguna vez porque no le
contó a nadie lo que vio? –interrogó con curiosidad el forastero.
–Él le dijo que no se lo
aconsejaba. –murmuró quedamente mientras señalaba con la cabeza la mesa en la
que estaba el anciano matagigantes.- Le dijo que lo sabrían y seguramente
buscasen cobrarse venganza. No sé más que eso, nunca le he preguntado, es un
hombre reservado.
–¿Y cómo permiten sus hijos que
su padre se descuide de este modo?
–No tiene hijos. Su mujer, que
Freya guarde en su regazo, era yerma.
–¿Cómo osais mentar en semejante
frase a la diosa de la fertilidad? –dijo el viajero con un tono que no dejaba
lugar a dudas sobre su enojo.
–Disculpad mi osadía, no
pretendía ofenderos caminante. Solo deseo firmemente que la diosa del hogar
vele ahora por ella. Era una buena mujer, no se merecía lo que le pasó.
–Y sin embargo me has ofendido.
Marcha a atender tus quehaceres que yo iré a ocuparme de los mios. –dijo el
recién llegado. Apuró de un largo trago la jarra y se alejó del tibio fuego que
alumbraba tintineante la estancia.
Se encaminó a la mesa en la que
bebía el hombre cuyas hazañas acababa de escuchar. Tomó asiento sin esperar invitación
y le escudriño detenidamente. A pesar de sus agarrotados músculos y sus
lisiados brazos estaba claro que en su juventud fue fuerte como un uro. Su
planta imponente se veía ensombrecida por lo encorvado de su espalda y el furor
que otrora brillase en sus ojos estaba oculto por la gruesa capa que la melopea
tendía sobre ellos y con la que pretendía ocultar algo más. Había tristeza en
sus ojos, una tristeza terrible que el thulr bien conocía ya. No necesitaba más
certeza que aquella para saber que el hombre aceptaría su duro acuerdo.
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