El viejo, más perdido en sus pensamientos que su nuevo compañero de mesa, tardó en reparar en la inquisitiva presencia, mas cuando lo hizo dejó patente que todavía le restaba el ánimo guerrero que otrora causase temor en el corazón de los gigantes.
–Creo que te conozco viajero. –dijo, dejando salir un fétido aliento que revelaba que hacía demasiado que el alcohol era su único alimento. Su mirada era fría y a pesar de la borrachera su ánimo resultaba resuelto.
–Muchos son los que han dicho eso. –afirmó su interlocutor sin dejarse impresionar.
–Responde sin rodeos ¿eres Odín? –cuestionó balbuceante.
–Algunos me han llamado así. –respondió risueño el forastero.
–Eso es un rodeo, el alcohol no me ha privado del don de lo evidente, rata artera. He sido prevenido sobre tí.–increpó dejando de un lado todo intento por contener su furia y su desprecio– Es evidente la marca de su castigo. ¡Eres Mjödvitnir!
–En efecto, ese es mi nombre. –contestó sin dejarse ofender– Francamente no muchos son capaces de reconocerme y eres el primero que lo consigue en semejante estado. Si sabes quién soy, tal vez sepas con qué propósito he venido.
–Con alguno de tus oscuros engaños sin duda. Márchate, ¡no quiero saber nada de tí ni de tus sucias artimañas!
–Puede que así sea, pero hay algo que anhelas más que eso. Algo por lo que estarías dispuesto a pagar el duro precio que te voy a exigir. Esa es la razón por la que estoy aquí.
–Más mentiras, más engaños y más servidumbre…Soy un viejo y me ha llevado toda una vida darme cuenta, pero créeme que he aprendido la lección. No seré tu esclavo thulr. Vuelve a donde quieras que hayas venido y déjame pensar que todo esto fue una pesadilla causada por el hidromiel…
–Bien sabes que no puedo mentir. Quiero tu servidumbre, es cierto, pero yo no soy como ellos. –se detuvo y le miró a los ojos.–Ellos te exigieron lealtad, y durante más de cincuenta inviernos fuiste a batallar sólo contra los gigantes de hielo, los enemigos de los Aesir, sin la ayuda de los mismos. Pediste a Thor que su fuerza guiase tu martillo, pero la verdad es que al final de su mango únicamente se encontraba tu brazo: sólo, férreo, implacable. Pediste año tras año a Freya que recompensase tu fiereza otorgándole a tu mujer la fertilidad que le correspondía por derecho para tener hijos fuertes que pudiesen honrar con su labor a los dioses. Y nuevamente tus justas peticiones fueron desatendidas. Pero lo soportaste porque eres un hombre fiel. Eso es algo que respeto.
Osiv soltó la jarra que tan fieramente asiese anteriormente y agacho la cabeza. Su cano pelo cayó cubriéndole la cara para ayudarle a soportar la verdad que tan largo tiempo había estado negando. El hechicero había traicionado a dioses, cierto, pero eso no restaba verdad a sus palabras.
–Te olvidaron Osiv Ungrimson, te olvidaron y fue terrible. Pero lo que es imperdonable es lo que consintieron que le ocurriese a tu mujer. ¡Frente a ti! ¿Dónde estaban entonces los poderosos Aesir? ¿Dónde se encontraban los piadosos Vanes? ¿Qué hacían cuando consintieron que los gigantes entrasen en la ciudad entre las brumas? ¿A que atendían cuando irrumpieron en la casa de un leal anciano y su devota esposa?
–¡No pude hacer nada! ¡Estaba durmiendo cuando nos asaltaron! ¡Me ataron y me obligaron a mirar! ¡Me obligaron a mirar! –gritó entre sollozos, despreocupado ya por la atención de la taberna.
–¡¿Dónde estaban los dioses cuando los jötnar violaron a tu mujer hasta la muerte?! ¡¿Dónde cuando te dejaron lisiado, inútil y vivo?! Sobretodo vivo. Vivo para suplicar a Thor que te devolviese el vigor, vivo para desesperar por la oportunidad de poder hacer justicia. Y aún después de todo... ¡¿Por qué te negaron tu venganza?! –gritó el thulr con una fuerza tal que enmudeció la tormenta.
–Aún hay fuerza en tu espíritu, a pesar de todo ni los gigantes ni los dioses han podido quitarte eso. Quiero tu fuerza. Te ayudaré en tu lucha, te concederé los medios para que la venganza sea tuya y sólo tuya. Te dejaré ver a tu mujer una última vez. Después de eso entrarás a mi servicio incondicional por toda la eternidad.
–¿Ser tu esclavo? –la duda asomó a su voz. Duda que el mago acudió presto a disipar.
–Has servido a otros. Te probaré mi buena fe esta noche. Si no eres capaz de cumplir tu venganza no me servirás de nada, así que simplemente te dejaré vagar por el mundo de los muertos como buenamente te corresponda. Si te arrepientes en cualquier momento simplemente dilo y seré yo mismo el que arrase a los gigantes. Tu mujer quedará vengada y tu podrás volver al calor de la taberna. –arrojó Mjödvitnir su envenenado anzuelo.
–Nadie me quitará mi venganza Mjödvitnir. Haz lo que tengas que hacer. –sentenció Osiv y tendió su mano para sellar el trato.
Antes de que llegase siquiera a parpadear, el thulr desenfundó con su siniestra un fino y afilado cuchillo con el que cortó la palma del guerrero y la suya propia. La sangre comenzó a manar profusamente sobre la mesa. Tiño de rojo su diestra y, desgarrando la vestimenta del viejo, comenzó a surcar su pecho de runas mientras recitaba ensalmos ininteligibles. Cuando hubo acabado, estas comenzaron a iluminarse y arder, moviendose con vida propia por todo el ajado cuerpo.
El olor a carne quemada y el grito del anciano sacaron de su trance a Ben que, tras tomar su hacha, avanzó hacia el forastero mientras su amigo convulsionaba en el suelo retorciéndose del dolor. Alzó el arma y cuando estaba a punto de descargar todo su peso sobre Mjödvitnir este se giró impasible.
–Respeta la voluntad de un hombre libre. –no empleó el Sejdr ni el Galdr, pero su potencial agresor cambió de parecer.
–No me gustas forastero, pero no seré yo quien le niege su voluntad. –dijo mientras le tendía su hacha.– Todos sabrán de la infamia que acabas de cometer aquí hoy.
–Puedo soportar tu odio. –dijo mientras se dibujaba en su boca una mueca que recordaba vagamente a una sonrisa. Recogió el hacha y se la tendió a Osiv.
Este se hallaba en el suelo pero su figura distaba mucho de la que encarnaba hacía un momento. Los espasmos habían pasado y se hallaba en el suelo con la tranquilidad suficiente para permitir a los presentes contemplar su cuerpo levemente. Aunque conservaba sus cicatrices, la atrofia de sus brazos y la curvatura de su espalda habían desaparecido. Aferró el hacha con tanta fueza que sus nudillos se volvieron un cálido homenaje a la tormenta que azotaba la aldea y, apoyando el arma en el suelo, se puso en pie con determinación. Miró un instante a Ben e hizo un ligero gesto con la cabeza.
–Suerte buen amigo. Espero que encuentres lo que buscas. –respondió este mientras el guerrero dejaba atrás su manto y el calor de la taberna para recibir el abrazo de la tempestad.
Mientras contemplaba desde el umbral la marcha del temible duo, el tabernero no podía apartar de su mente las palabras del hombre que acababa de conocer. ¿Por qué habrían olvidado los dioses a Osiv?
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