La tormenta azotaba con furia renovada pero Osiv conocía el camino a la mina como la palma de su mano. La ira de su mirada parecía capaz de fundir la nieve que caía sobre el terreno, la determinación en sus ojos pareció satisfacer a Mjödvitnir.
La marcha cesó pronto y con ella el silencio que la acompañaba. Al llegar a la entrada de las cuevas que diesen origen a la mina en su momento, el hechicero se detuvo y comenzó, empleando un ajado cuchillo, a grabar runas en la roca desnuda con una precisión que se diría que estuviese trinchando un cordero bien asado. No era un hombre especialmente corpulento, pero era obvio que guardaba secretos más peligrosos que su extraña fuerza.
-Ningún gigante de hielo podrá atravesar este umbral. ¿Esta es la única entrada? -preguntó el hechicero cuando hubo acabado.
-No. -respondió el guerrero- Hay otras tres que yo sepa y seguramente existan caminos que ni yo mismo haya visto.
-Esta será la única salida. No temas los temblores, Loki no es el único que sabe causar terremotos. Ahí tienes tu luz. -dijo mientras con un suave susurro conjuraba una llama azulada que comenzó a flotar frente a Osiv- Ahora ve. Te daré alcance, no me gustaría perderme la matanza.
Osiv miró con cierta aprensión al thulr, pero tenía preocupaciones mucho mayores que el morir sepultado. Si el mago hubiese querido matarle podría haberlo hecho fácilmente, lo sabía, pero eso sólo le tranquilizaba levemente. Disipó su inquietud asiendo con firmeza el hacha y se internó en las profundidades dejando atrás el duro azote del temporal.
Nunca había sido un gran rastreador, pero esta vez su odio le sirvió de brújula. El lento palpitar de los corazones de los gigantes resonaba en su cabeza con un timbre ensordecedor imposible de silenciar... salvo de un modo.
No tardó en encontrar la primera de las cavernas que habían elegido para morar. Era espaciosa y ya había sido la tumba de otros de su raza. Había cinco crías, un par de hembras y lo que parecía un gigante enfermo. Osiv blandió su hacha y los mató sin mediar palabra pues semejantes alimañas no merecían un combate justo y la vejez había disipado de su mente los estúpidos ideales de juventud sobre duelos épicos. A los hombres se les reta, a las bestias se las mata. El último de los colosos se resistió al primer hachazo, pero al segundo encontró el camino a los infiernos, no sin antes rugir un estertor que sonó como música en los oídos del matagigantes.
Poco más había avanzado cuando el suelo comenzó a temblar. El terremoto que anunciase Mjödvitnir había empezado a sacudir la montaña con fiereza, pero tras un breve instante en el que pareció que la cueva fuese a colapsar por completo, la quietud volvió a reinar. El ruido de los cascotes al caer habría llegado con toda certeza hasta la aldea, por lo que no cabía duda que los jötnar restantes estarían alerta sobre su llegada. Debería haberse sentido más nervioso, pero lo cierto es que el saber que no podrían escapar del lugar sin luchar contra él le hizo encontrarse en paz. Era ineludible.
-¡Soy Osiv! -gritó- ¡Vosotros violasteis y matasteis a mi mujer! ¡Sabed que hoy hallareis la muerte! ¡No hay escapatoria! ¡Venid al encuentro de mi hacha si es que no teméis a un anciano! -su voz retumbó hasta llegar al corazón de la montaña.
-Tu mujer fue afortunada de que la honrásemos con nuestra visita. -se escuchó desde uno de los pasillos.
Osiv siguió el eco de las risas que acompañaron a semejante afrenta hasta llegar a una pequeña sala circular donde se hallaban dos imponentes gigantes. Jamás olvidaría sus rostros. Eran ellos, pero faltaba el más grande de los tres que asaltasen su hogar aquella aciaga noche.
-Deberíais llamar a vuestro líder, para que pueda deleitarse viendo como sois mutilados por un lisiado. Os diría que llamaseis a toda vuestra tribu, pero mucho me temo que tienen el sueño muy profundo.
-¡Maldita escoria! -clamó uno de ellos mientras el otro aún parecía intentar asimilar lo que acababa de oír- ¡Ni Thor mismo podría salvarte de lo que se avecina! ¡Lo que le hicimos a tu mujer se te antojará un paraíso comparado con lo que te haremos a ti!
La rabia cegó el juicio del jötunn que descargó un golpe descuidado. Hacía mucho tiempo que Osiv había perdido su juventud, pero conservaba su habilidad y, con las fuerzas renovadas gracias al conjuro de Mjödvitnir, asestó un tajo que cercenó limpiamente el brazo de su descuidado atacante. Antes de que pudiese rematar al herido, el otro gigante embistió con presteza descargando sobre el humano una lluvia de golpes que presagiaba lo duro de la batalla que aguardaba.
Mientras los guerreros se medían, en otra sala no muy lejos del lugar el lider de los jötnar se encontraba una visita inesperada.
-¿Quién osa atacar a Yrg y su clan en su propio hogar? -dijo el gigante dirigiéndose hacia la luz que se acercaba por uno de los corredores.
-Un gran peligro se cierne sobre tu raza, gigante. Si no vences hoy los tuyos sufrirán hasta el fin de los tiempos por tu debilidad. -respondió la silueta que se acercaba cada vez más con pausado ritmo.
-¿De qué hablas humano? No temo a ningún mortal.
-Pero has temido cuando has oído los gritos y los temblores. Más temerás cuando te cuente a que te has de enfrentar, pero no te ayudaré por caridad. Dime, ¿qué hace tu gente en esta cueva? -replicó nuevamente la silueta que se aproximaba, sin dejarse intimidar.
-No te debo ninguna respuesta, te destrozaré y después iré a por tu amigo. No suponéis una amenaza para mí. -sentenció mientras introducia su descomunal mano en un saco que pendía de su cintura. Comenzó a dibujar runas sobre su brazo izquierdo y cuando acabó lanzó su hechizo con fuerza contra el humano.
Un crepitante rayo surgió de las yemas de los dedos de Yrg e impactó en el pecho del intruso, iluminando fugazmente el rostro de Mjödvitnir un instante antes de disiparse.
-Tu... ¿qué eres?-balbuceó el jötunn.
-El hombre al que ha venido conmigo ha hecho un pacto con el soberano de los muertos. Si se cobra su venganza y os mata, él le dejará caminar junto a los vivos este día, año tras año hasta que llegue el Ragnarök. Diezmará a tu gente. -hizo una breve pausa.- Responde a mi pregunta y te diré cómo puedes detenerle: ¿qué hace tu clan aquí?
-En estas cuevas hubo una batalla hace siglos. Había un hombre que blandía un martillo mágico forjado por enanos, con el podia hundir montañas y quebrar ciudades. Cuando se vio superado por nuestra destreza quebró la montaña sobre sí enterrando a ambos bandos. Frente a un arma así incluso los aesir temblarían.
-Falta te haría haberla encontrado. Pero he de cumplir mi parte del trato, pues estoy atado a mi palabra. El hombre al que te enfrentas es Osiv, aquel al que torturasteis y humillasteis, que ha venido para dar reposo al recuerdo de su mujer con vuestra sangre. Para detenerle simplemente has de luchar mejor que él.
Acompañando a la sentencia del hechicero y casi como un presagio aciago apareció Osiv en la sala cubierto por completo de sangre y con una profunda herida en el hombro de la que no parecía percatarse. Únicamente parecía percibir al gigante hacia el que se aproximaba cojeando con una sonrisa implacable en el rostro.
-¡Has traicionado tu promesa thulr! ¿Cómo se supone que eso va a serme de utilidad? -gruñó el gigante sintiéndose engañado.
-Nunca te dije que fuese a ayudarte o serte útil, te dije que te diría cómo puedes detenerle y lo he hecho. En verdad eres un estúpido Yrg. Estás condenado.
Enfurecido por el agravio comenzó a conjurar runas para fulminar al mortal, pero los rayos que impactaron sobre el guerrero siguieron el mismo destino que aquellos que cayeron sobre el mago. Osiv aprovechó el tiempo que malgastó el gigante para cargar contra este antes de que pudiese echar mano siquiera a un arma y hundió su hacha con tal fuerza que llegó del cuello a la cintura partiendo al jötunn prácticamente en dos.
El mundo pareció caer de golpe nuevamente sobre el anciano hombre al ver cumplida su venganza. Tras un largo tiempo contemplando el maltrecho cadaver del que otrora fuese su némesis volvió en sí y se aproximó a cortar su descomunal cabeza.
-Vas a morir Osiv, tus heridas son letales. -afirmó Mjödvitnir al ver a su siervo andar, con la cabeza de Yrg a rastras, de vuelta hacia la salida de la caverna. -Has cumplido tu venganza ¿a dónde necesitas ir?
Pero el hombre no respondió. Caminó renqueante siguiendo el rastro de sangre que había creado, se diría que había algo agridulce en aquella victoria para él, pero su resolución permanecía firme. No salió palabra de su boca hasta que alcanzó la salida de la mina. Una vez allí clavó el hacha en la tierra junto la entrada y colocó sobre ella su sangriento trofeo. Se sentó a su lado y comenzó a respirar con dificultad.
Los jadeos de Osiv se vieron pronto ocultos por el ruido de cascos acercándose. Sobre un caballo imponente se acercaba una mujer en deslumbrante armadura. Conforme se aproximaba descubrió su cara y miró al duo con desprecio.
-Llegas tarde Skuld. -saludó Mjödvitnir.- Aquí no hallarás ningún esclavo para tu señor.
-¿Cómo te has dejado engañar de semejante modo? -replicó la valquiria- ¿Esta niñería vale más que tu alma inmortal? ¿Más que los dioses que te lo dieron todo?
-Recuerdo cuando conocí a Helga. -respondió entre estertores Osiv- No eramos más que unos críos, la ví recogiendo agua del río. Me quedé embobado mirándola, nunca había visto a una chica con unos ojos tan bonitos... Ella siempre fue mi alegría, mi esperanza... Recuerdo su sonrisa, tan brillante como el primer día. -tosió fuertemente y continuó- Deberíais envidiarme. A pesar de todo el dolor consigo recordar su sonrisa...
Mientras los guerreros se medían, en otra sala no muy lejos del lugar el lider de los jötnar se encontraba una visita inesperada.
-¿Quién osa atacar a Yrg y su clan en su propio hogar? -dijo el gigante dirigiéndose hacia la luz que se acercaba por uno de los corredores.
-Un gran peligro se cierne sobre tu raza, gigante. Si no vences hoy los tuyos sufrirán hasta el fin de los tiempos por tu debilidad. -respondió la silueta que se acercaba cada vez más con pausado ritmo.
-¿De qué hablas humano? No temo a ningún mortal.
-Pero has temido cuando has oído los gritos y los temblores. Más temerás cuando te cuente a que te has de enfrentar, pero no te ayudaré por caridad. Dime, ¿qué hace tu gente en esta cueva? -replicó nuevamente la silueta que se aproximaba, sin dejarse intimidar.
-No te debo ninguna respuesta, te destrozaré y después iré a por tu amigo. No suponéis una amenaza para mí. -sentenció mientras introducia su descomunal mano en un saco que pendía de su cintura. Comenzó a dibujar runas sobre su brazo izquierdo y cuando acabó lanzó su hechizo con fuerza contra el humano.
Un crepitante rayo surgió de las yemas de los dedos de Yrg e impactó en el pecho del intruso, iluminando fugazmente el rostro de Mjödvitnir un instante antes de disiparse.
-Tu... ¿qué eres?-balbuceó el jötunn.
-El hombre al que ha venido conmigo ha hecho un pacto con el soberano de los muertos. Si se cobra su venganza y os mata, él le dejará caminar junto a los vivos este día, año tras año hasta que llegue el Ragnarök. Diezmará a tu gente. -hizo una breve pausa.- Responde a mi pregunta y te diré cómo puedes detenerle: ¿qué hace tu clan aquí?
-En estas cuevas hubo una batalla hace siglos. Había un hombre que blandía un martillo mágico forjado por enanos, con el podia hundir montañas y quebrar ciudades. Cuando se vio superado por nuestra destreza quebró la montaña sobre sí enterrando a ambos bandos. Frente a un arma así incluso los aesir temblarían.
-Falta te haría haberla encontrado. Pero he de cumplir mi parte del trato, pues estoy atado a mi palabra. El hombre al que te enfrentas es Osiv, aquel al que torturasteis y humillasteis, que ha venido para dar reposo al recuerdo de su mujer con vuestra sangre. Para detenerle simplemente has de luchar mejor que él.
Acompañando a la sentencia del hechicero y casi como un presagio aciago apareció Osiv en la sala cubierto por completo de sangre y con una profunda herida en el hombro de la que no parecía percatarse. Únicamente parecía percibir al gigante hacia el que se aproximaba cojeando con una sonrisa implacable en el rostro.
-¡Has traicionado tu promesa thulr! ¿Cómo se supone que eso va a serme de utilidad? -gruñó el gigante sintiéndose engañado.
-Nunca te dije que fuese a ayudarte o serte útil, te dije que te diría cómo puedes detenerle y lo he hecho. En verdad eres un estúpido Yrg. Estás condenado.
Enfurecido por el agravio comenzó a conjurar runas para fulminar al mortal, pero los rayos que impactaron sobre el guerrero siguieron el mismo destino que aquellos que cayeron sobre el mago. Osiv aprovechó el tiempo que malgastó el gigante para cargar contra este antes de que pudiese echar mano siquiera a un arma y hundió su hacha con tal fuerza que llegó del cuello a la cintura partiendo al jötunn prácticamente en dos.
El mundo pareció caer de golpe nuevamente sobre el anciano hombre al ver cumplida su venganza. Tras un largo tiempo contemplando el maltrecho cadaver del que otrora fuese su némesis volvió en sí y se aproximó a cortar su descomunal cabeza.
-Vas a morir Osiv, tus heridas son letales. -afirmó Mjödvitnir al ver a su siervo andar, con la cabeza de Yrg a rastras, de vuelta hacia la salida de la caverna. -Has cumplido tu venganza ¿a dónde necesitas ir?
Pero el hombre no respondió. Caminó renqueante siguiendo el rastro de sangre que había creado, se diría que había algo agridulce en aquella victoria para él, pero su resolución permanecía firme. No salió palabra de su boca hasta que alcanzó la salida de la mina. Una vez allí clavó el hacha en la tierra junto la entrada y colocó sobre ella su sangriento trofeo. Se sentó a su lado y comenzó a respirar con dificultad.
Los jadeos de Osiv se vieron pronto ocultos por el ruido de cascos acercándose. Sobre un caballo imponente se acercaba una mujer en deslumbrante armadura. Conforme se aproximaba descubrió su cara y miró al duo con desprecio.
-Llegas tarde Skuld. -saludó Mjödvitnir.- Aquí no hallarás ningún esclavo para tu señor.
-¿Cómo te has dejado engañar de semejante modo? -replicó la valquiria- ¿Esta niñería vale más que tu alma inmortal? ¿Más que los dioses que te lo dieron todo?
-Recuerdo cuando conocí a Helga. -respondió entre estertores Osiv- No eramos más que unos críos, la ví recogiendo agua del río. Me quedé embobado mirándola, nunca había visto a una chica con unos ojos tan bonitos... Ella siempre fue mi alegría, mi esperanza... Recuerdo su sonrisa, tan brillante como el primer día. -tosió fuertemente y continuó- Deberíais envidiarme. A pesar de todo el dolor consigo recordar su sonrisa...
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