martes, 16 de abril de 2013

La decisión de Osiv


El viejo, más perdido en sus pensamientos que su nuevo compañero de mesa, tardó en reparar en la inquisitiva presencia, mas cuando lo hizo dejó patente que todavía le restaba el ánimo guerrero que otrora causase temor en el corazón de los gigantes.

–Creo que te conozco viajero. –dijo, dejando salir un fétido aliento que revelaba que hacía demasiado que el alcohol era su único alimento. Su mirada era fría y a pesar de la borrachera su ánimo resultaba resuelto.

–Muchos son los que han dicho eso. –afirmó su interlocutor sin dejarse impresionar.

–Responde sin rodeos ¿eres Odín? –cuestionó balbuceante.

–Algunos me han llamado así. –respondió risueño el forastero.

–Eso es un rodeo, el alcohol no me ha privado del don de lo evidente, rata artera. He sido prevenido sobre tí.–increpó dejando de un lado todo intento por contener su furia y su desprecio– Es evidente la marca de su castigo. ¡Eres Mjödvitnir!

–En efecto, ese es mi nombre. –contestó sin dejarse ofender– Francamente no muchos son capaces de reconocerme y eres el primero que lo consigue en semejante estado. Si sabes quién soy, tal vez sepas con qué propósito he venido.

–Con alguno de tus oscuros engaños sin duda. Márchate, ¡no quiero saber nada de tí ni de tus sucias artimañas!

–Puede que así sea, pero hay algo que anhelas más que eso. Algo por lo que estarías dispuesto a pagar el duro precio que te voy a exigir. Esa es la razón por la que estoy aquí.

–Más mentiras, más engaños y más servidumbre…Soy un viejo y me ha llevado toda una vida darme cuenta, pero créeme que he aprendido la lección. No seré tu esclavo thulr. Vuelve a donde quieras que hayas venido y déjame pensar que todo esto fue una pesadilla causada por el hidromiel…

–Bien sabes que no puedo mentir. Quiero tu servidumbre, es cierto, pero yo no soy como ellos. –se detuvo y le miró a los ojos.–Ellos te exigieron lealtad, y durante más de cincuenta inviernos fuiste a batallar sólo contra los gigantes de hielo, los enemigos de los Aesir, sin la ayuda de los mismos. Pediste a Thor que su fuerza guiase tu martillo, pero la verdad es que al final de su mango únicamente se encontraba tu brazo: sólo, férreo, implacable. Pediste año tras año a Freya que recompensase tu fiereza otorgándole a tu mujer la fertilidad que le correspondía por derecho para tener hijos fuertes que pudiesen honrar con su labor a los dioses. Y nuevamente tus justas peticiones fueron desatendidas. Pero lo soportaste porque eres un hombre fiel. Eso es algo que respeto.

Osiv soltó la jarra que tan fieramente asiese anteriormente y agacho la cabeza. Su cano pelo cayó cubriéndole la cara para ayudarle a soportar la verdad que tan largo tiempo había estado negando. El hechicero había traicionado a dioses, cierto, pero eso no restaba verdad a sus palabras.

–Te olvidaron Osiv Ungrimson, te olvidaron y fue terrible. Pero lo que es imperdonable es lo que consintieron que le ocurriese a tu mujer. ¡Frente a ti! ¿Dónde estaban entonces los poderosos Aesir? ¿Dónde se encontraban los piadosos Vanes? ¿Qué hacían cuando consintieron que los gigantes entrasen en la ciudad entre las brumas? ¿A que atendían cuando irrumpieron en la casa de un leal anciano y su devota esposa?

–¡No pude hacer nada! ¡Estaba durmiendo cuando nos asaltaron! ¡Me ataron y me obligaron a mirar! ¡Me obligaron a mirar! –gritó entre sollozos, despreocupado ya por la atención de la taberna.

–¡¿Dónde estaban los dioses cuando los jötnar violaron a tu mujer hasta la muerte?! ¡¿Dónde cuando te dejaron lisiado, inútil y vivo?! Sobretodo vivo. Vivo para suplicar a Thor que te devolviese el vigor, vivo para desesperar por la oportunidad de poder hacer justicia. Y aún después de todo... ¡¿Por qué te negaron tu venganza?! –gritó el thulr con una fuerza tal que enmudeció la tormenta.

Se hizo el silencio mientras el local se vaciaba rápidamente. Es lógico que Osiv permaneciese impertérrito, pues no tenía nada que perder, pero que Ben no se marchase es algo difícilmente comprensible. Tal vez le paralizase el miedo, tal vez la curiosidad o tal vez sabía que debía ser testigo de la extraña piedad de Mjödvitnir. Permanecío inmóvil contemplando la escena mientras el viajero continuaba su temible discurso.

–Aún hay fuerza en tu espíritu, a pesar de todo ni los gigantes ni los dioses han podido quitarte eso. Quiero tu fuerza. Te ayudaré en tu lucha, te concederé los medios para que la venganza sea tuya y sólo tuya. Te dejaré ver a tu mujer una última vez. Después de eso entrarás a mi servicio incondicional por toda la eternidad.

–¿Ser tu esclavo? –la duda asomó a su voz. Duda que el mago acudió presto a disipar.

–Has servido a otros. Te probaré mi buena fe esta noche. Si no eres capaz de cumplir tu venganza no me servirás de nada, así que simplemente te dejaré vagar por el mundo de los muertos como buenamente te corresponda. Si te arrepientes en cualquier momento simplemente dilo y seré yo mismo el que arrase a los gigantes. Tu mujer quedará vengada y tu podrás volver al calor de la taberna. –arrojó Mjödvitnir su envenenado anzuelo.

–Nadie me quitará mi venganza Mjödvitnir. Haz lo que tengas que hacer. –sentenció Osiv y tendió su mano para sellar el trato.

Antes de que llegase siquiera a parpadear, el thulr desenfundó con su siniestra un fino y afilado cuchillo con el que cortó la palma del guerrero y la suya propia. La sangre comenzó a manar profusamente sobre la mesa. Tiño de rojo su diestra y, desgarrando la vestimenta del viejo, comenzó a surcar su pecho de runas mientras recitaba ensalmos ininteligibles. Cuando hubo acabado, estas comenzaron a iluminarse y arder, moviendose con vida propia por todo el ajado cuerpo.

El olor a carne quemada y el grito del anciano sacaron de su trance a Ben que, tras tomar su hacha, avanzó hacia el forastero mientras su amigo convulsionaba en el suelo retorciéndose del dolor. Alzó el arma y cuando estaba a punto de descargar todo su peso sobre Mjödvitnir este se giró impasible.

–Respeta la voluntad de un hombre libre. –no empleó el Sejdr ni el Galdr, pero su potencial agresor cambió de parecer.

–No me gustas forastero, pero no seré yo quien le niege su voluntad. –dijo mientras le tendía su hacha.– Todos sabrán de la infamia que acabas de cometer aquí hoy.

–Puedo soportar tu odio. –dijo mientras se dibujaba en su boca una mueca que recordaba vagamente a una sonrisa. Recogió el hacha y se la tendió a Osiv.

Este se hallaba en el suelo pero su figura distaba mucho de la que encarnaba hacía un momento. Los espasmos habían pasado y se hallaba en el suelo con la tranquilidad suficiente para permitir a los presentes contemplar su cuerpo levemente. Aunque conservaba sus cicatrices, la atrofia de sus brazos y la curvatura de su espalda habían desaparecido. Aferró el hacha con tanta fueza que sus nudillos se volvieron un cálido homenaje a la tormenta que azotaba la aldea y, apoyando el arma en el suelo, se puso en pie con determinación. Miró un instante a Ben e hizo un ligero gesto con la cabeza.

–Suerte buen amigo. Espero que encuentres lo que buscas. –respondió este mientras el guerrero dejaba atrás su manto y el calor de la taberna para recibir el abrazo de la tempestad.

Mientras contemplaba desde el umbral la marcha del temible duo, el tabernero no podía apartar de su mente las palabras del hombre que acababa de conocer. ¿Por qué habrían olvidado los dioses a Osiv?

lunes, 8 de abril de 2013

Tormenta en Gleipsvidr




La gélida noche no tenía intención de conceder clemencia, pero el viajero no tenía intención de pedirla. Sus peregrinajes siempre habían sido duros pero él sabía que las dificultades del camino son las que hacen fuerte a un hombre. 

Tras tres jornadas de viaje no iba a consentir que una tormenta de nieve retrasase su avance. Podría haber disipado las nubes sin mayor dificultad, pues su dominio de las artes mágicas iba mucho más allá de algo tan mundano, pero habría sido una insensatez arriesgarse a llamar la atención de los dioses practicando el Sejdr, puesto que los cuervos de Odin descansaban poco y siempre podrían hallarse al acecho. No era un imprudente ni un pusilánime y la sonrisa de la escarcha al precipitarse contra las oscuras ramas de los árboles le resultaba molesta, sí, pero entretenida. Hacía tiempo que no se concedía el capricho de viajar por el mundo de los mortales, si bien es cierto que la belleza de Midgard era de lo poco que aún conseguía conmover su corazón, y decidió aprovechar este breve remanso de paz en la tempestad que venía. Rió para sí al comparar la suave caricia de los huracanados vientos presentes en contraste con la letal fiereza de aquellos que habrían de desatarse. Engañoso es el humor de un thulr y ¿cuánto más temible no ha de ser el del más poderoso de todos los magos del norte?

El peregrino, sumido en sus cavilaciones, descendió la abrupta senda que bajaba de la montaña y llegó a las desatendidas puertas de la ciudad. Gleipsvidr era una pequeña urbe en la linde de un denso bosque de fresnos cuya modesta riqueza se debía en gran parte a la habilidad de sus artesanos madereros y en menor medida a las minas de hierro que descansaban en muchas de las cuevas que salpicaban las montañas. Poco tiempo atrás la situación era la opuesta, pero hacía unos meses que los gigantes decidieron recuperar a hielo y sangre las que antaño fuesen sus tierras. El caminante había acudido a la ciudad precisamente por este motivo, pero si bien era venganza lo que buscaba, esta no se hallaba en su corazón, si no en el de otro hombre. Sabría encontrarle, las runas le habían revelado su paradero esta noche, así que no se sorprendió cuando se contempló entrando en una taberna.

–Deberías continuar tan pronto como puedas tu camino, forastero. –dijo el tabernero al ver al hombre entrar– No llegas en un buen momento y sólo un insensato se quedaría aquí pudiendo estar en otro lugar.

El viajero se descubrió retirando las ajadas pieles que cubrían sus rasgos. Su curtida cara era difícilmente olvidable, la mezcolanza de arrugas y cicatrices hablaban de batallas fieramente libradas. Pero había un detalle que aún le seguía delatando ante la percepción de aquellos suficientemente sabios: su ojo derecho había abandonado su rostro largo tiempo ha.

–Confio en que tengáis hidromiel caliente para un viajero. –sentenció el recién llegado mientras inspeccionaba el local minuciosamente con su único ojo. No tardó en hallar lo que buscaba.

–Eh… sí, claro, por supuesto… Gleipsvidr siempre se ha caracterizado por su hospitalidad. –dijo el camarero con gran nerviosismo.

Hasta el más necio sabía que Odín, el dios tuerto, gustaba de disfrazarse y que su cólera ante aquellos que no respetaban a las tradiciones ni a los dioses era implacable. El caminante sonrió, no era la primera vez que le confundían con el dios, ni sería la última. Y no sería la primera ni la última vez que hacía que tamaño error redundase en su beneficio. Se acercó a una de las mesas vacías próxima al hogar que bañaba con su calor la estancia y se sentó tras quitarse las gruesas pieles que se hallaban empapadas tras el viaje.

–Pareceis muy cansado, a esta invita la casa. –añadió el tabernero mientras dejaba una mugrienta jarra metálica llena de un hidromiel de cuestionable calidad sobre la mesa.- Soy Ben y mi casa es vuestra casa. Eh… Poneos cómodo.

–Te lo agradezco, Ben. –le respondió y tomó asiento cerca del hogar– Tal vez puedas ayudarme, ¿qué puedes decirme de ese hombre? –cuestionó mientras señalaba entre la exigua audiencia a un hombre de avanzada edad cuya barba se hallaba cubierta a partes iguales por las canas y la bebida que no parecía ser capaz de llevarse a la boca.

–¿Ese? Ese pobre diablo es Osiv Ungrimson. La gente le da de lado porque dicen que los dioses le han abandonado y que la furia de los gigantes de hielo caerá sobre él. Le evitan porque se ha vuelto un borracho, pero no le puedo culpar, después de lo que le pasó a su mujer…

–Tu no le evitas, de hecho me aventuraría a decir que parece agradarte su compañía.

–¡Por supuesto que no le evito! –dijo el hombre enervado- Puede que no sea el más valiente de los hombres pero no olvido jamás un favor y precisamente ese hombre fue quien detuvo a los jötnar año tras año. Él fue el único que tomó la resolución de salir a enfrentarlos. Cuando el frío sobrenatural presagiaba su llegada el cogía su viejo martillo y se adentraba en las montañas. Nunca presumió de ello, simplemente salía con el alba de frente y volvía con la luna a la espalda, pero todos los mineros sabían lo que había hecho allí y le respetaban por ello. –hizo una breve pausa que le sirvió para tranquilizarse ligeramente- Mi difunto padre una vez me contó que en un invierno inusualmente frío perdió a varios compañeros que trabajaban en la mina con él de manera muy extraña. Nunca se encontraron sus cuerpos, ¿sabe? –no esperó respuesta para continuar con su relato.- Cuando llegó Osiv a la mina todos los demás salieron, siempre lo hacía así, y mi padre tenía sus recelos pero le dejó hacer y se marchó a casa como todos. Por la noche le vieron llegar al pueblo cansado y con el martillo cubierto de sangre. Al día siguiente mi padre encontró un bulto extraño en una falla. Le pico la curiosidad y decidió bajar a examinarlo y allí mismo se encontró el enorme cadáver de un jötunn con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. No se lo contó a nadie, pero desde entonces empezó a verle con otros ojos.

–¿Te dijo alguna vez porque no le contó a nadie lo que vio? –interrogó con curiosidad el forastero.

–Él le dijo que no se lo aconsejaba. –murmuró quedamente mientras señalaba con la cabeza la mesa en la que estaba el anciano matagigantes.- Le dijo que lo sabrían y seguramente buscasen cobrarse venganza. No sé más que eso, nunca le he preguntado, es un hombre reservado.

–¿Y cómo permiten sus hijos que su padre se descuide de este modo?

–No tiene hijos. Su mujer, que Freya guarde en su regazo, era yerma.

–¿Cómo osais mentar en semejante frase a la diosa de la fertilidad? –dijo el viajero con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su enojo.

–Disculpad mi osadía, no pretendía ofenderos caminante. Solo deseo firmemente que la diosa del hogar vele ahora por ella. Era una buena mujer, no se merecía lo que le pasó.

–Y sin embargo me has ofendido. Marcha a atender tus quehaceres que yo iré a ocuparme de los mios. –dijo el recién llegado. Apuró de un largo trago la jarra y se alejó del tibio fuego que alumbraba tintineante la estancia.

Se encaminó a la mesa en la que bebía el hombre cuyas hazañas acababa de escuchar. Tomó asiento sin esperar invitación y le escudriño detenidamente. A pesar de sus agarrotados músculos y sus lisiados brazos estaba claro que en su juventud fue fuerte como un uro. Su planta imponente se veía ensombrecida por lo encorvado de su espalda y el furor que otrora brillase en sus ojos estaba oculto por la gruesa capa que la melopea tendía sobre ellos y con la que pretendía ocultar algo más. Había tristeza en sus ojos, una tristeza terrible que el thulr bien conocía ya. No necesitaba más certeza que aquella para saber que el hombre aceptaría su duro acuerdo.